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SAN IGNACIO SINALOA, MEXICO

Por MC Ramon Larrañaga Torrontegui



Todos tenemos algún lugar, que visitamos para recordar, por gusto y porque sí, porque estuvo cerca de casa o porque nacimos en el. El pueblo de San Ignacio, Sinaloa, Mexico, ha resultado ser el mío, me di cuenta cuando me puse a pensar sobre ese significativo rincón al que podría dedicar algunas líneas. Me vinieron a la mente tardes invernales de sábado, con mi madre y mis hermanos, vagancias en el río, juegos de pelota, y amores platónicos. Recordé excursiones escolares y clases de geografía he historia al aire libre, y eché de menos paseos irresponsables en bicicleta, sin rumbo ni hora de vuelta. Baños furtivos en aguas termales y a deshora, conciertos a golpe de disco de 70 revoluciones interrumpidos por la batería caduca de un rayo vac y cigarros a escondidas han sido otras de las razones que me han empujado a elegirlo.

Recuerdos, en definitiva, que rigen cada visita, cada viaje de regreso, y que arañan sin concesión el paso de los años. Me gusta volver en verano, en días de cielo despejado y gozar con la vista de un paraje verde e inmenso, en el que la cima de sus cerros se mantiene verde y se antoja recorrerlos con la mirada. Pero también añoro los días nublados de otoño y esas mañanas gélidas de invierno en las que la niebla oculta las cumbres para ceñirse al vapor del río y sus senderos. Es entonces cuando parece que se ha detenido el tiempo.

Esta formidable atalaya cónica, en cuyas entrañas se encuentra la cueva de los Frailes, es el punto al que señalan todos los dedos de la comarca cuando de tradiciones y leyendas se trata. Incluida la de un tesoro. Su cúspide es campo de batalla entre el mundo subterráneo de la cueva y el celeste de las divinidades. Justo donde se tocan el cielo y la tierra se encuentra la figura de piedra que asemeja a tres frailes, únicos arcángeles capaz de contener a las criaturas que pugnan por salir de las profundidades de la sierra en busca de pecadores. De lo duro de la contienda dan prueba los numerosos rayos que caen sobre esta cima, frontera de la lucha entre el bien y el mal.

La capilla de los Escobosa que alberga en su interior sarcófagos familiares que la lluvia rellena gota a gota como si se tratara de una enorme palangana. Dicen que quien se lava con el agua destilada en estas tumbas y se seca con el viento que sopla en el exterior, se cura de todas sus enfermedades. ¿Se puede pedir más? Será cierto o una historia mas inventada al calor del miedo que genera. Ir de vacaciones al pueblo donde uno nació es siempre un poco confuso.

Cuando yo vivía en México, esperaba religiosamente mis vacaciones para irme los más lejos posibles. La ciudad DF. Representaba la rutina, el trabajo escolar, las obligaciones y abandonarla era una obligación, un mandato. Ahora, luego de vivir tanto tiempo en Mazatlán, me gusta regresar al pueblo, a sus calles que camino como un extraño, como un turista, como quien se encuentra con un viejo amor y no sabe si aún existen temas en común para reiniciar el diálogo. Lo primero que hago al llegar es buscar a los amigos y familiares con los que he casi perdido el contacto.

Me convierto entonces en una suerte de médico repartiendo unos cuantos minutos a pacientes los cuales están en sus calles ávidos de noticias, desean saber mas sobre lo que pasa en el mundo fuera de San Ignacio Sinaloa. En las primeras "visitas" a mi pueblo, la agenda estaba muy ocupada, iba de entrada por salida. Recuerdo haber tenido encuentros absurdos de 15 minutos en la esquina de una banqueta o media hora de caminata conjunta a la medianoche. Yo sentía en mis primeras vacaciones "pueblerinas" la necesidad de ver a todos, conversar con todos y construir así la ilusión de que nunca me había ido, o mejor dicho, que había dejado este pueblo pero mi lugar en el, seguía intacto, inalterado.

Con los años la cantidad de gente que aún nos recuerda -y aún recordamos- disminuye progresivamente. La agenda pierde nombres y números y los encuentros son menos vertiginosos, más selectivos. Pero sea en cantidad o en calidad, la reunión urgente con nuestros afectos es fundamental, ya que ellos son nuestros testigos. Ellos pueden declarar -en caso de ser interrogados- que nosotros fuimos parte de este pueblo, de esta escuela, de ese maestro, que lo caminamos, la amamos y lo sufrimos.

¿Por qué uno necesita de testigos, de testimonios, de fotografías, para probar la existencia de este pasado compartido? Porque con el tiempo la relación con nuestro pueblo se modifica de forma sutil, difusa, inexorable. Lo primero que yo olvidé fue el nombre de algunas plantas y la trayectoria de algunos arroyos. Después, comprobé con horror que no sólo yo me había alejado de San Ignacio, sino que San Ignacio se había alejado de mí, como dos duelistas que se dan la espalda y caminan paso a paso en dirección contraria. Volví unas vacaciones y el centro del pueblo se había extendido más allá de mi imaginación, la plaza de mi infancia amaneció una mañana cercada por rejas y la calle donde yo vivía corre ahora en sentido opuesto.

Esta situación es particularmente terrible porque uno, vaya y pase, puede tratar de controlar los cambios que experimenta en su vida (o al menos llevar un registro pormenorizado de los mismos), pero nadie puede ejercer control sobre los cambios ajenos, menos si se trata de reformas urbanas aprobadas por una legislatura municipal. El consuelo que a uno le queda es comportarse como un turista y visitar todos los lugares que antes, por falta de tiempo o de dinero no podía disfrutar.



Pero el remedio puede ser peor que la enfermedad, como comprobé una tarde de 2000 cuando le tomé una foto a la plazoleta de la Nanchi y un oriundo se acercó para ofrecerme sus servicios. Pocas veces me sentí tan mal en mi vida y a punto estuve de insultarlo por confundirme con un " foráneo". Otro elemento extraño es que mi mujer, al no ser de aquí, me pide sin éxito que la lleve a los rincones más interesantes del pueblo. Yo le explico que es muy difícil para mí mostrarle mi lugar de origen desde la perspectiva de un viaje por lo difícil y peligroso que se vuelve actualmente. El argumento mucho no la convence y no oculta su fastidio cuando le muestro por quinta vez la puerta de mi escuela primaria, mi kinder, el cine donde me gané mis primeros pesos como "bolero y vendedor de chicles" y el tétrico edificio donde asustábamos a los novatos "Casa de tres pisos". Ella no disimula su enojo conmigo y yo no escondo mi desconsuelo con mi pueblo.

Así convivimos "los tres" como si formáramos un triángulo amoroso con letra y música de los Juanecas. (La figura del triángulo amoroso no es muy creativa, pero guarda un poco de verdad: a veces, no es fácil vivir con alguien que no es del pueblo de uno, como es difícil vivir en la ciudad de ellas. Lo cierto es que los edificios de Mazatlán que antes me cobijaban ahora me agobian, me despierto con los ruidos que en un tiempo me dormían, estoy perdido en las esquinas donde en el pasado me encontraba y no se me ocurren temas de conversación para poder hablar con mi viejo amor. ¿Será que las ciudades son como aquellas novias abandonadas? Y aunque pasa el tiempo, nunca perdonan a los que un día empacaron sus cosas y se fueron sin decir adiós. Lo dicho es muy real, soy San Ignacense de nacimiento, creado en Mazatlán el cual abandone a los 17 años, pero la verdad, añoro el pueblo mas tranquilo, mas humano en el que crecí.

Mi escuela primaria con su eterna tranquilidad, parece ser el único reducto de recuerdos queesta intacto, todo cambia pero existen en recuerdos de mucha gente, en mis recuerdos. Pero de por sí, cuando uno se va y vuelve a su pueblo natal después de varios años rondando por el mundo, como que el pueblo se te hace el indiferente y tú tratas de buscar aquellos rincones memorables, aquellas calles en donde tú compartías con tus amigos.... Te preguntas si a veces lo bueno, lo de antaño se ha perdido o no. Es un poco difícil eso de irse a otra ciudad, en especial al principio, pues uno tiende a pensar (y a decir) que es de tal o cual ciudad, y aunque pase el tiempo uno se siente como un ciudadano de ella, y no es sino hasta que la visita de nuevo cuando uno comprende que ese lugar tiene su propia dinámica y que uno ya no pertenece a ella... aunque los lazos sentimentales son fuertes.

MC Ramón Larrañaga Torrontegui
Maestro Investigador Universitario
Mazatlán, Sinaloa, México 06 de Noviembre 2007-11-06
Latorro5411@hotmail.com

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Por MC Ramon Larrañaga Torrontegui


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