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VENECIA: LA CIUDAD QUE TODOS INVENTAMOS (Parte I)
Por Efraim Medina|
Mi primer viaje a Italia me tomó quince minutos de caminata desde mi casa en el barrio Getsemaní de Cartagena de Indias hasta el teatro Rialto donde pasaban una película cuyo nombre ya no recuerdo pero que se desarrollaba en el Nápoles de posguerra. Tenía ocho años y sentí compasión por aquellos italianos pobres que obligados por el hambre eran capaces de comerse hasta una rata. De pobres pasaron años después a mafiosos encarnados en el inolvidable Don Vito Corleone que le dejó un Oscar a Marlon Brando y a mí unos códigos de dignidad y honor que todavía conservo. Al igual que tantos colombianos crecí convencido que Italia era el sur de Italia; un país apasionado y tan bullicioso que resultaba el único lugar de Europa con el que podía identificarse un caribeño. A comienzos de los ochenta llegó a mis manos un libro que cambiaría mi vida: El oficio de vivir de Cesare Pavese, un escritor italiano nacido en el pueblo piamontés de Santo Stefano Belbo. Antes de leer a Pavese mi interés por los libros y la literatura en general era casi nulo. Esa noche, apenas terminé el libro, decidí que no volvería a la Universidad (estudiaba medicina) y escribí cuatro poemas dedicados a Pavese que mi madre terminó quemando cuando supo que debido a ese escritor ya no quería ser médico. Así fue como Pavese se convirtió en mi guía espiritual y, obvio, en el peor enemigo de mi madre. De Pavese salté a otros escritores italianos que ampliaron un poco mi panorama sobre ese país sin que en el fondo mi Italia dejara de seguir siendo Nápoles (ahora con Maradona a bordo) y la increíble Venecia de ciertos relatos. Y empecé a soñar con recorrer algún día aquel museo viviente de la cultura universal y comer por fin una verdadera pizza sentado en el “Olímpico de Roma” viendo el clásico Roma-Juventus. Pero los años pasaron y las limitaciones económicas me hicieron abandonar ese sueño hasta que en el verano de 2001 una editorial con sede en Milano llamada Feltrinelli publicó mi novela Erase una vez el amor pero tuve que matarlo (C’era una volta l’amore ma ho dovuto ammazzarlo) y me invitó a hacer la presentación en varios ciudades de ese mítico país. Mientras aquel boeing atravesaba el océano yo no podía dejar de imaginar mis palabras vertidas al idioma de Pavese, la emoción me sacó tantas lágrimas que mi compañero de asiento empezó a preocuparse. Por: Efraim Medina Reyes |