Vicenza está situada a dos horas de Milano y a unos sesenta kilómetros de Venecia, entre las dos está Padova donde hay un museo cuyas paredes exhiben varios frescos de Giotto. Los italianos del norte me dieron la impresión de ser muy amables, quizá el ser tan callados y eficientes en el trabajo hace pensar a muchos que son fríos y distantes. Apenas llegué a la casa de los padres de Marta manifesté mi intención de ir a Venecia. Ellos se ofrecieron a acompañarme pero les dije que tenía una amiga allá que iba a servirme de guía. La amiga en cuestión era Marina Dragotto una arquitecta de Trieste que vivió varios años en Cartagena y que ahora trabajaba como restauradora en Venecia (no creo que haya un lugar más apropiado en el mundo para ese trabajo). Mientras iba en el tren recordé que de niño, cuando veía a Venecia en las postales que reproducían pinturas del Tintoretto, pensaba que era una ciudad imaginaria como Metrópolis sólo que más antigua; está impresión se hizo más fuerte cuando el tren se detuvo en la estación y descubrí aquella ciudad elevándose desde el agua. Recorrí sus canales en vaporetto y sus estrechas calles a pie sin que la atmósfera de sueño me abandonara. Pasamos por el Hotel Danieli (donde se habían alojado Dickens y Wagner) y luego entramos al Café Florian (visitado, entre otros, por Lord Bayron, Proust, Balzac y Henry James). En la impresionante plaza de San Marcos disfruté del mejor helado del mundo y Marina me dijo que justo allí donde estábamos sentados había visto a Madonna una semana antes. Después del helado fuimos al distrito de Cannareggio donde vivieron Marco Polo y el Tintoretto (en la casa del extraordinario pintor funciona ahora una marquetería). En la tarde, luego de caminar varias horas por aquel precioso laberinto, nos sentamos a descansar en el borde de una fuente. Miré las casas en derredor y caí en cuenta que aquella parte era una pequeña isla unida al resto de la ciudad por cuatro puentes (uno en cada costado). La fuente soltaba un chorro único que salía por la boca de un enorme pez de mármol.
-¿Sabes dónde estamos?-preguntó Marina. Negué con la cabeza-. Aquí estuvo el primer ghetto de la historia. ¿Ves esas casas con paredes de madera arriba?
-Sí-dije-. ¿Qué tienen de especial?
-Son sinagogas, cinco sinagogas en menos de trescientos metros…
Dejó de hablar porque la puerta de una de aquellas casas se abrió y un puñado de niños y adolescentes seguidos por un rabino invadió los alrededores de la fuente. Marina me contó que en ese barrio se habían refugiado los judíos en 1516 huyendo de la iglesia romana. Durante la noche se levaban los puentes para evitar que los judíos pudieran salir a mezclarse con los otros habitantes de la ciudad; también había un sistema en las puertas para encerrarlos por fuera. Cada noche los encerraban y al amanecer los dejaban salir pero sólo en el espacio del guetto.
-¿Qué significa la palabra ghetto?
-Viene de guetto que es el chorro de metal fundido-dice y señala un edificio de color pardo-. Allí quedaba una fundición
Observé a los niños y al rabino, era como si las palabras de Marina se eternizaran en ellos. Me tranquilizó ver como parte del grupo se alejaba por uno de los puentes.
-Tengo que regresar a Vicenza-dije.
En la estación, y mientras el tren salía, no pude apartar la vista de aquella imposible ciudad. Supe entonces que a Venecia la habíamos inventado todos aquellos que, fascinados por una pintura del Tintoretto vista en un libro o reproducida en algún café, deseamos con el alma que fuera real.
La arquitectura de Vicenza está regida por Palladio. Se trate de las amplias y hermosas villas como los edificios del Centro Histórico: su influencia está allí. El es el enlace perfecto entre el pasado y el presente de la ciudad. La familia de Marta vive en un sector residencial llamado Torri di Quartesolo. Durante mis primeros días allí me exasperaba ver día y noche las puertas abiertas, me hacía sentir desprotegido. Pero luego la tensión bogotana me abandonó y entré en el apacible ambiente de Torri. Una mañana leyendo el “Giornale di Vicenza” me reí al encontrar en la “crónica roja” que el hecho más violento de la semana había sido el jalón de pelo que una chica iraní le había dado a su suegra italiana. No quiero decir que el Veneto (la región que integra entre otras ciudades a Venecia, Padova, Vicenza y Verona) sea el paraíso pero no creo que esté lejos de allí. Como todo paraíso tiene su costo, un nivel de vida como ese exige mucho trabajo, disciplina y evolución en el tema de la justicia social. Las diferencias entre ricos y el resto de personas no son tan abismales como en Colombia. Todos allá tienen la oportunidad de llevar una vida más que digna. En Vicenza hay varias industrias dedicadas a trabajar el oro y la feria anual que hacen es de las más importantes de Europa. Verona, la ciudad elegida por Shakespeare para situar su tragedia Romeo y Julieta, está a cuarenta minutos de Vicenza. Uno de los lugares más hermosos de Verona es la Arena. En verano el sol golpea sus intactas ruinas y los muros evocan legendarios paisajes medievales. En la Arena se presentan conciertos y obras de teatro al aire libre. Cuando entré Franco Zefirrelli estaba trabajando en una versión de Carmen. También en los bares pueden darse presentaciones de artistas tan importantes como B.B. King. La comida varía en el Veneto de ciudad a ciudad, cada uno piensa que tiene lo mejor y si debo decir la verdad cada uno tiene razón. Los tours de japoneses y norteamericanos (comandados por eficaces guías) se ven en todas partes pero dada la seguridad del Veneto vale la pena olvidarse de los itinerarios previstos y descubrir por nuestra cuenta ciertos secretos negados al turista: restaurantes más baratos y auténticos, gente amigable y bares tranquilos donde los habitantes juegan cartas y beben vino sin etiqueta.
En agosto de 2002 estuve por tercera vez en Venecia, esta vez en el Lido (un fragmento de tierra de 12 kilómetros de largo por 500 metros de ancho en medio del mar) para asistir como jurado al 59 Festival Internacional de Cine de Venecia. Todo gracias al éxito de mi novela en ese país. En el Excelsior, un enorme hotel construido durante el auge del fascismo, tuve oportunidad de compartir con muchas de las estrellas de cine que había visto en cientos de películas durante la infancia en los desaparecidos teatros Rialto y Padilla de Getsemaní. Pensé con asombro en aquel chico flaco y tímido que había leído a Pavese y como esa lectura se convirtió en mi pasaje a todos los sueños. Si estaba allí hablando con Clint Eastwood mientras veía pasar a Malkovich y Salma Hayek era por haberlo leído. Me di cuenta que Italia estaba en lo más remoto de mis recuerdos y hasta en mi futuro. Que la moneda arrojada en la fuente de Trevi durante mi paso por Roma me traería una y otra vez de vuelta. Italia es el país más bello del mundo por paisajes e historia, por temperamento y desenfado. Conozco algo de España y Francia, he caminado por Lisboa y Berlín. Me quedo con Italia, es el lugar donde más apropiado me he sentido después de Colombia. Desde el Lido es posible ver la imperturbable Venecia bajo el sol y con unos buenos binoculares como los que me prestó el director argentino “Pino” Solanas uno puede atisbar sus calles y plazas y detener la vista en la fuente del Ghetto. La historia de esos judíos marcados con círculos o pañuelos amarillos y encerrados cada noche me sigue perturbando. Quizá porque yo crecí en un barrio que era un ghetto y esa palabra siempre ha significado para mí fuerza y resistencia. Mirar desde un bello hotel construido por fascistas la fuente que simboliza el primer ghetto del mundo me produce escalofríos y una rara felicidad al saber que la resistencia sigue abriendo espacios y por eso un chico de Getsemaní puede estar allí sentado mirando a Venecia que nunca dejará de ser tan irreal como Metrópolis pero más antigua. Una ciudad que parece haber surgido del agua y que para fortuna de millones de soñadores seguirá en píe.
Por Efraim Medina Reyes